A la caída de la tarde, los cerdos primales disfrutan del festín de trébol fresco, babosas, caracoles, gramíneas y amapolas que les han puesto en bandeja las insólitas lluvias de la última primavera extremeña. Esta sabrosa ensalada verde, complementada con una ración de pienso perfectamente medida, va a ser su dieta hasta el verano, cuando la hierba se agoste y, por primera vez en su vida, el cochino ibérico dependa de la mano del hombre y del pienso compuesto para sobrevivir. Se trata de que el guarro forje un esqueleto y un cuerpo de atleta, manteniendo a raya su insaciable apetito, para que llegue en las mejores condiciones al gran momento de su vida, la reválida que todo cerdo aspirante a conseguir unas genuinas patas y paletas del mejor jamón ibérico que debe superar con éxito. La montanera, el gran banquete de la bellota. A mediados de octubre, las encinas se cansan de la preñez de sus copas y empiezan a descargar una lluvia de bellotas que va a alfombrar la dehesa durante tres o cuatro meses. Los cerdos, acostumbrados a la exigua ración de pienso que le permitía su dietista particular, el ganadero, y lo poco que podían ramonear en los regatos, no imaginan la orgía que les espera. Desde ahora, y hasta el momento del sacrificio, podrán hartarse del sabroso cóctel de hidratos y grasas que encierran estos frutos del bosque mediterráneo.

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